FILOSOFIA
Raúl Iván Méndez.
Yo sé que existo, porque tú me piensas
y sé que moriré cuando me olvides...
bajo mi pecho nacen ríos y mares
y más arriba palpitan las estrellas.
Se derrumba la noche tiempo abajo
huelo tu insomnio amor; tu soledad y una
vigila estelar. Junto a la sed, la seda
de los versos que tejes conla luz de la luna
Entre el sol y el mar, me faltas cada día
(siento tu mano y tus cabellos en mi frente)
y eres lo que me queda de luz y melodía
La llama y el aroma tenaz de los jazmines
entre la vida y la muerte al mediodía
perfil de flor, luna morena entre violines.
Muestra poética de los escritores de los estados de Chiapas, Tabasco, Veracruz y Oaxaca.
viernes, 22 de abril de 2011
poeta de chiapas
SONETO PLUVIAL
Joaquín Vázquez Aguilar (qepd)
Lluvia anunciándose. lluvia con sonido
de lluvia que se acerca como denso
panal bullente. lluvia como extenso
de dioses, con atronador zumbido
de río colosal, de saurio tenso.
lluvia mayor, lluvia del más intenso
y más salvaje y más feroz rugido
torrencial. lluvia que trae más lluvia
y más agua y más mares y más lluvia.
violenta lluvia, ronca. lluvia tal
que su furor lluvioso harto de lluvia
rompe el último cerco de la lluvia
más sorda y más atroz, lluvia total.
Joaquín Vázquez Aguilar (qepd)
Lluvia anunciándose. lluvia con sonido
de lluvia que se acerca como denso
panal bullente. lluvia como extenso
de dioses, con atronador zumbido
de río colosal, de saurio tenso.
lluvia mayor, lluvia del más intenso
y más salvaje y más feroz rugido
torrencial. lluvia que trae más lluvia
y más agua y más mares y más lluvia.
violenta lluvia, ronca. lluvia tal
que su furor lluvioso harto de lluvia
rompe el último cerco de la lluvia
más sorda y más atroz, lluvia total.
martes, 1 de marzo de 2011
LA NOSTALGIA DE TEODOSIO GARCIA[1].Samuel Pérez García.
Escribir poesía no es una tarea sencilla, implica abrir ventanas del alma para que otros miren e interpreten lo que tímida o clara puede asomarse. Por eso los poetas son catalogados seres que muestran su pena al mundo, y al hacerlo, se vuelven aptos para ser receptores de caudales de lástima que su poesía provoca. No a todos les toca esa cualidad, porque tampoco es la única manera de labrar la palabra poética. Muchas veces, los poetas, en su intento de ser distinto, experimentan con la palabra diversos modos de expresar eso que les pudre el alma. Unos escriben sonetos a la mujer amada, otros satirizan la situación social rimando los versos como ese famoso poema de Quevedo: Érase un hombre a una nariz pegado/ Érase una nariz superlativa/ Érase una alquitara medio viva/ Érase un peje espada mal barbado/ o las Redondillas de Sor Juana Inés de la Cruz sobre la mujer: hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que culpáis: si con ansia sin igual/ solicitáis su desdén/ ¿Por qué queréis que obren bien/ si la incitáis al mal/. Por eso, tal vez, Teodosio García Ruiz, un poeta tabasqueño que comenzó su obra literaria y poética en la década de los ochenta, expresamente en 1985 cuando publica Sin lugar a dudas, escribe Nostalgia de Sotavento (2003) en un intento de salir del esquema que todos los poetas siguen: escribir con la parsimonia que exige la norma de la poesía que se aprende en los recintos universitarios, y nos ofrece una obra donde no encontramos la formalidad del pensamiento y de la emoción refinada, sino, acaso, la irreverencia contra el estatus social, la mirada crítica a la economía de la gente, el desparpajo para increpar al que lo oiga, sea culpable o no, de la transformación que convirtió a la selva tropical tabasqueña en un páramo de aceite y fierros oxidados, pozos incendiados, muertes violentas por las explosiones imprevistas de los gasoductos, y a la par, lo que lo hace distinto de una crónica periodística: el encuentro de Teodosio con aquellos años de su infancia, cuando los únicos regalos que recibía de su padre eran los regaños y los cocotazos.
No es esta una obra donde nos solacemos con la nostalgia a secas. Es un pretexto para entreverar que más allá de la modernidad que trajo el boom petrolero en el trópico tabasqueño, existe otra manera de resaltar el sentimiento que pervive en las masas de cascos y tornillos, grasas y franelas sucias, que cobran vida a través del quehacer poético que Teodosio consigue con este libro.
Dice en uno de los poemas:
Somos la avanzada, selva adentro, de una civilización a construir con maderos, cochinita pibil, barbacoa de Orizaba, pozole jalisciense, regionales estampas de una identidad escaldada en botanas y cervezas preñadas en cada campamento de exploración/
Quien no sepa de poesía y de sus formas, dirá que es una crónica periodística y no poética, pero el poeta trampea con esto, porque al final, cierra la idea que le cercena el sentimiento, al escribir en ese mismo texto:
Dejamos solamente la infancia allá, porque en estos rumbos la vida comienza y nos crea nuevamente. Es esto lo que hace poético al texto y lo separa de la crónica a secas, periodística.
En esa nostalgia sotaventina, la mujer no falta. Ella es vista como tierna, dócil y brava o simplemente como aquella que se cargará de hijos de algún petrolero desconocido, que producto de lo que la paga deja, van buscando en las mujeres lo que vive entre las piernas y les da aliento para laborar embarrados de grasa y oliendo el óxido de los fierros hasta que llega la catorcena y seguir “siendo obreros para construir el futuro”. Tal no ha sido fácil, porque en la memoria de Teodosio quedaron las corretizas de las explosiones imprevistas, y de esas andanzas cuando andaba metido en los talleres para ganarse un lugar en ese futuro negro que se creía del petróleo, y lo hace rememorando la diabetes que se le enconchó en el último rincón de su alma, y que de paso, lo dejó ciego.
Nada escapa a la mirada de obrero y poeta. Teodosio García, igual que Neruda hizo con las uvas y las cebollas poemas que el hombre común no podía imaginar, el tabasqueño lo consigue con el trapo sucio y la franela que usan los obreros para limpiar las máquinas. Por la importancia que tiene el texto dentro de la obra, transcribo completo:
Una vez dije:/Labor de dios/Es labor de trapo/.Franela indigna/Ensangrentada,/Grana,/Floreciente, flagelo/Del herrumbe/.
………
Cuando acabas blancuzca/De tu hábito/Vuelves a lavar/-infiel algodón rojizo-/El rostro de dios/Si es posible. /
Y así va el poeta pasando lista de presente a la jerga y su envidia, a la caja de herramientas, a los baños del taller, a los bomberos, al chango Mortimer Nolasco, pitcher en el beisbol, quien perdió un brazo entre las cuerdas aceradas del malacate, accidente que lo inutilizó para nunca volver a lanzar sin hit ni carrera. Ese fue la única queja del Chango Mortimer.
Pero insisto, la poesía de Teodosio no es una simple crónica sin más; ésta es el pretexto para meter la nostalgia con toda la fuerza necesaria. He aquí otro ejemplo tomado del poema de Los bomberos de rojo como que bailan:
Después de describir la tarea de los apagafuegos dice en la última estrofa:
Deben ir en helicópteros: saben/Que a veces la unidad les falla,/Pero el miedo no,/Ese está escondido/Adentro del uniforme.
Pero el poeta que no configura en los versos su pasado, que no subjetiviza sus emociones y la enciende para que otros la miren, no es poeta. Por eso Teodosio no podía olvidar la recomendación de Allan Poe sobre la construcción de los poemas: el centro de todo es la nostalgia- dice el escritor. Así, el poeta de Cunduacán escribe:
Cerca de los candeleros, donde el humo de los gases asciende caracoleando, un pedazo de infancia se revela, yace con los ojos abiertos, como viento entre los aguaceros la aparición de unos fantasmas nacidos de los relatos de los jóvenes mayores, de las desdentadas voces de los abuelos, de los dientes que se fueron cayendo en cada grado escolar hasta que apareció la muela del juicio.
Por ahí la infancia, canciones de cuna que todavía se escuchan en las rocolas viejas. p.47
Y tampoco es poeta quien no plasme en sus versos emociones encontradas. Dice en otro texto:
Odio a mis padres/Sus inútiles consejos de cuidar el mundo/De no andarse por las ramas cuando suceda el fenómeno/Cuando la lluvia no sea más lluvia/
Que mis brazos caídos
…….
Odio a mis padres/….Porque yo elegí el camino que no vieron/Y ahora me arrepiento de no ser como ellos.
Asimismo, no hay poesía si a la mujer no se le nombra. De ellas Teodosio da su versión: Las mujeres tienen ojos de misterio, procesiones amplísimas de alaridos irreconocibles; son tiernas dóciles y bravas.
Sonroja la piel una de ellas, un tatuaje nuestro de herrerías medievales y desnudas odaliscas. Y nos aman
Abunda en otra parte:
“Alguna mujer tuvo para mí su tersa piel, su pierna tibia, sus pechos ardientes. Imagino sus herramientas de piel dispuestas para mí. Sus oraciones y abluciones matutinas mientras canta una canción de moda.” p. 92
Pero no se queda así. El poeta también es irreverente con ellas cuando escribe:
Tu sexo no es como dicen los poetas/Un molusco atroz/Un peludo beso/La hendidura salvaje de la vida/Es el culito más rico del mundo/Y quiero más.
Sin embargo, el centro de todo el poemario no me parece que sea la transformación de la selva en páramo petrolero. Ese es el gancho para que el poeta deje correr el río de la emoción que lo agita. Su centro es la nostalgia por la infancia que ya no tiene regreso. De esa infancia escribe recordando un cumpleaños: /mis regalos ha sido putizas/ cocotazos/ dulces palmadas al hombro/ y lava el coche azul/ échale agua al parabrisas/ p.112
Pero también lo mira ese pasado desde el coraje o la sonrisa burlona cuando nos cuenta que las chamacas con tal mejorar la raza se dejaban preñar por un petrolero, cuyo nombres eran raros y oscuros como el propio pasado que el guarda del otro Antonio García, “el ojo de gato”, que Teodosio refiere como un forjador de historias y de anónimas borracheras que están grabadas en “la piedra de aceite, en las madrizas a sus hijos, en las fidelidades de los sábados para beber cerveza con el compadre “pata de loro”, con “bigote blanco”, con “el ronco” del taller de hojalatería. p.96
Más allá de esto, el poeta se mofa de ese mundo de oropel que el petróleo dejó. De cómo sobrevivir en ese mundo que el auge petrolero construyó. Para eso hay que ser amigo de la Quina, de Barragán Camacho o de Carlos Romero (dijéramos hoy). Ser petrolero para no estudiar, ser de planta para heredar el trabajo a los que siguen de la generación familiar, que para el poeta es como tener agarrado a dios de un huevo, eso es ser petrolero para vivir bien en el futuro. Aunque él ahora esté ciego y recuerde ese pasado que lo lleva de vez en cuando a lagrimear, pues reconoce igual que lo pozos petroleros, que ya esta viejo y dolido del vientre, con las costillas rotas aunque feliz. Que su corazón es fuerte como la piedra que envejece los caminos de tantos mirarlos.
Esta es la nostalgia de sotavento de Teodosio García Ruiz que, a veces con parsimonia, otras irreverentes, pero siempre abriéndose al sentido crítico que su experiencia le da, ofreció en esta obra su palabra poética que aparentando ser una crónica contiene oro de poesía. Es este libro otro modo de labrar la poesía tabasqueña, fuera del canon pelliceriano. Crónica como vía para que florezca la nostalgia, sentimiento central en todo buen poema. Si en el texto, así sea rimado y medido, la nostalgia no se asoma, no hay poesía. En Nostalgia de Sotavento no sucede eso. Es un libro que nos invita a leerlo para descubrir mediante la memoria de Teodosio, nuestra propia infancia determinada por el boom petrolero que a todos afectó y a pocos benefició.
[1] Teodosio García Ruiz. Nostalgia de sotavento. Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, México, 2003, 137 pp.
lunes, 21 de febrero de 2011
Manuel Álvarez
Te he visto dormir
La mitad de una jornada
Ser lobo o mujer
O ambas a la vez;
En tanto la luz cura la herida
Por andar a tientas
Una y otra vez.
“Luz silenciosa” de Yadith Río de la Loza
GRITOS
Manuel Álvarez
En el cuerpo de miel
Tus pechos son un relincho
De la otra que yace en ti.
“Equinoccio” de Yadith Río de la Loza.
EL VIEJO AUTORRETRATO
Jaime Ruiz Ortiz(poeta tabasqueño).
Te he visto, conozco
Los que has sido.
Un ahogado en libertades.
Mojarte en viento
Y aguas solidarias.
Te he visto con tus pasos
Bañando ríos de ti
Playas con los besos que te han prestado.
Te he visto también
Aprisionado como un tigre en sus bengalas
Tragarte tu asco, tu silencio
Caminar la inocencia del sadismo
Entre cenizas, brasas, humo agonizantes de cigarro.
Te he visto el fuego
La cura, la herida
La sangre de la espina en que descansa el dolor.
Y te he visto al fin contemplando tu propio hundimiento
Espantar al calor como a los moscos
Y crecer como el día
Y como la noche
Y derramarte en gotas de brillos durmiendo.
Y la gente te llama imbécil, idiota, poeta,
Traes el perdón y el pecado en la garganta.
Y yo te he visto, me he fijado últimamente
Eres como un vaso de agua seca que cae y se derrama
Y moja
Conozco, he visto
Lo que has sido siempre.
Un ahogado en libertades.
Un poco tonto
Un poco amargo
Un poco.
Siempre.
____________________
Villahermosa, 1975. Es poeta y ensayista. Estudió licenciatura en Comunicación por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Es coautor del libro José Carlos Becerra. Los signos de la búsqueda, (2003)
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Villahermosa, 1975. Es poeta y ensayista. Estudió licenciatura en Comunicación por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Es coautor del libro José Carlos Becerra. Los signos de la búsqueda, (2003)
viernes, 18 de febrero de 2011
Pesar y pensar
Luis Alonso Fernández.
El nuevo libro que nos ofrece Samuel Pérez García, El escándalo de la vida (ensayos sobre la poesía) es, precisamente, un discurrir por esas zonas ixiónidas; en el, como una premisa de trabajo, Pérez García asienta en sus palabras de presentación que la poesía es alimento y sustancia que nos permite ver la vida con otra fisonomía menos tosca y pueril. Por ello se aboca, en un afán de comprender significados, a recorrer los caminos, con la reflexión, de la creación poética, sopesando no sólo las palabras –abalorios en los poemas- sino el acto creativo y las razones del mismo, distendiendo los temas como mantos extraños bordados para mirar sus tramas.
Construido en tres capítulos, en el primero, lo que la poesía pudiera ser, nos lleva a mirar, a cuestionarnos e intentar nuestras propias respuestas. En eso que se llama poesía ¿Qué es?, Dialéctica de la poesía. A propósito de la poesía y de su público, De poetas, antipoetas y no poetas, Nietzche y la poesía, de Cerca y de lejos: poesía y filosofía, de Bandera en el corazón, del poeta y su drama.
La segunda parte, otros caminos de la poesía, integrada por, según nos dice el autor, puntos de vista liricos con miras a publicarse en algún diario local, donde trata de las putas y la poesía, poesía y mujer, el gusto por la poesía, Mirtha Aguirre: el camino de la poesía, de poesía y de premios, a propósito de los talleres literarios, manifiesto de los poetas jóvenes de Acayucan, sucede que un día despierto. Manifiesto.
En la tercera zona del libro: de libros y poetas, a la vera del camino hallamos los trabajos ¿es poesía la de Orlando Guillén? A veces la palabra amor lastima, la poesía de Themis Ortega o la comunión con la soledad, los versos de María Esther Mandujano.
Hay un peligro en ejercitar la poesía, dice Eduardo Turón, según Pérez García, pues esa actividad en nada es inocente, ni se ocupa solamente en cantarle a lo bello, construyendo metáfora en lenguajes crípticos sólo para poetas. Para Turón como si la poesía fuese un animal ponzoñoso, hay en ella una dosis urticante de rebeldía:
Bajo el guante de goma de sus frases oscuras
Se oculta la dignidad del paria
En la palabra inútil
Merodea la verdad más insumisa.
Encontramos lo que los poetas creen (construyen) del significado de la poesía, la posible relación entre esta y la filosofía, ya sea porque la poesía lo impregna todo o porque debería impregnarlo todo; o porque la filosofía todo lo husmea y revuelve en busca de larvas de pensamiento; la división de poetas, antipoetas y no poetas (si es que los hay); la percepción que Nietzsche (y) tuvo de la poesía.
Producto de los cuestionamientos que –buen lector- se hacía al momento de leer a otros, este libro es un testimonio y una declaración de principios: ¡Existo! Nos dice Samuel Pérez García, viví, leí, hice poesía, y escribí.
En este releer y contraleer de Pérez García, me imagino con un libro AK 47 en las manos, repasando las líneas de palabras como si fuesen calles de una Tijuana o una Bogotá que viven esos libros, cuyos habitantes hablan de poesía como si usaran moneda corriente en tiendas y mercados. Un Borges se asoma en su poema El sur, para darnos su idea de poema, o mejor dicho, la idea que Samuel le arrebata al paso como si fuera de la mejor que por allá se da, y nos la oferta, conocedor del ramo:
Desde uno de tus patios haber mirado
Las antiguas estrellas,
Desde el bando de sombras haber mirado
Esas luces dispersas
Que mi ignorancia no ha aprendido a nombrar
Ni ordenar en constelaciones,
Haber sentido el círculo del agua
En el secreto aljibe,
El olor del jazmín y las madreselvas,
El silencio del pájaro dormido
El arco del zagúan, la humedad
-esas cosas, acaso, son el poema.
Poema lleno de silencios, como agujeros circunflexos que lo llenan todo, y cito a Samuel: “condición y motivo para que la memoria posea esa capacidad de captar la escena que nos conduce a experimentar cierta tristeza”, y la certeza de que hemos entendido, en algo, aunque sea a través del zoom que nos presta el autor, que es poesía.
Otro iracundo, León Felipe, desde sus Versos y oraciones del caminante, apunta con amable violencia a las fachadas del vanguardismo:
Deshaced ese verso
Quitadle los caireles de la rima,
El metro, la cadencia
Y hasta la idea misma,
Acentuad las palabras,
Y si después queda algo todavía,
Eso
Será la poesía.
Apuntes de viajes con los que se puede construir el derrotero. Secretos de sensaciones y pesares íntimos que pueden servir al lector para, aprovechando el paso, visitar tal o cual poema para ver que sí, que la arquitectura del mismo, aunque pudiera estar deshabitada y el techo caído, es tal y como nos dijo. El laberinto de muros sintácticos y los nichos semánticos ahí están.
La cultura no es, por supuesto, invención ocasional, creación milagrosa o producto del azar, y la poesía, como todas las artes, es producto de la existencia común en espacio y tiempo y dolor, necesidades y sueños, migraciones y permanencias, y amor, no como lugar común desgastado sino como sentimiento que se forja con el diario existir, vivir, sufrir, reír, morir… cuando se escribe un poema (nos dice Samuel) se hace por y para alguien…escribo pensando cómo ese sentimiento de nostalgia debe aparecer en el poema para que le guste a quienes va dirigido. Pérez García toma partido en una vieja reyerta ideológica sobre si se puede o no hacer poesía para sí mismo. No, nos dice con acierto él, y lo contrario no es sino una excusa baladí para no ocuparte de los verdaderos asuntos de la vida, porque la vida y la escritura siempre son para otros y con otros.
Por eso Samuel se compromete como único posible espectador de la poesía de Orlando Guillén, a quien ni siquiera su hermano Carlos lee. Uno contra otro miles de no lectores. Pero ese único lector sabe que puede apostar el todo de su conciencia a poetas como Guillén, porque ellos viven la poesía, no se sujetan a los dictámenes de quienes odian la poesía y a los poetas, como el espiritual Platón que los erradicó de su República. La poesía, y Platón tenía conciencia de ello y por eso su odio, rivalizó con la filosofía, a pesar de que el Nietzsche lo ubicó por debajo de la música; sin embargo, en El nacimiento de la tragedia reconoció que ambas tienen un mismo origen: los cantos dionisiacos, y por ello se regocija con la irreverencia del poeta que enfrenta y afronta su tiempo.
“Pesar y pensar” son términos que evidencias un origen común. Pensar la poesía es pesar la palabra, sopesarla como se hace con una fruta, sosteniéndola en la mano, para percibir su grado de madurez, tratamos de calcular su peso, la olemos para darnos una idea de su estado interno (digamos de su semántica natural) y la posibilidad de disfrutarla o dejarla para otra ocasión (en una función sintáctica). Cuando estas acciones se hacen con los frutos intelectuales cosechados ya por uno mismo o por otros, este pesar o pensar las palabras no sólo es una acción crítica sino, además, creativa; nos movemos entonces en la indefinida zona de la filosofía del lenguaje o de la creación –estética-, o sea en el género del ensayo, al cual llamó Alfonso Reyes el centauro de los géneros literarios.
Por mi parte doy la bienvenida a este trabajo del que pueden abrevar aquellos que se lanzan a recorrer el mundo, único lugar donde nace la poesía.
15 de febrero 2011.
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